Nana

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Capítulo XI

Aquel domingo, con el borrascoso cielo de los primeros calores del mes de junio, se corría el Gran Premio de París en el Bosque de Bolonia. Por la mañana el sol se había levantado en medio de una polvareda rojiza, pero hacía las once, en el momento en que los carruajes llegaban al hipódromo de Longchamp, un viento del sur había barrido las nubes, los vapores grises se iban en largos desgarrones mientras grandes huecos de un azul intenso se alargaban de un lado a otro del horizonte.

Y bajo los rayos de sol que caían a través de dos nubes, todo se iluminaba bruscamente: el césped, invadido poco a poco por una fila de carruajes, de caballeros y de paseantes; la pista, todavía vacía, con la garita del juez; el poste de llegada, los mástiles de los cuadros indicadores, y enfrente, en medio del recinto destinado a pesaje, las cinco tribunas simétricas extendiendo sus galerías de ladrillo y carpintería.

Más allá, la vasta planicie se aplastaba, se ahogaba bajo la luz del mediodía, bordeada de arbolitos y cerrada al oeste por las arboladas colinas de Saint Cloud y de Suresnes, que dominaban el severo perfil de Mont-Valérien.


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