Nana
Nana Su sexo se eleva en una apoteosis como un sol iluminando un campo de batalla sembrado de cadáveres (como en el Sedán, en que se hundirá al fin el Segundo Imperio). Su inocencia persiste deslumbrante, brilla por encima de los desastres, incólume. Nana conserva siempre su ingenuidad de animal orgulloso que obra sin malicia, «buena muchacha siempre». La pilluela de París, educada en la calle, posee un poder que es un profundo abismo por el que despeñan la fortuna y la dignidad y la vida los lobos del Imperio, los banqueros y especuladores burgueses y también la nueva y la vieja aristocracia.
Su muerte coincide con ese griterío que recorre las calles de París llamando a los franceses a la guerra imperial: «¡A Berlín, A Berlín!». Gritos que encienden anhelos patrióticos y nostalgias que apagarán las botas de Bismarck en la catástrofe final. El Segundo Imperio se hunde. Nana, con el embrujo de su chic y de su desnudez delicada capaz de corromperlo todo, es sólo un osario, una masa de humores y de sangre y de materia hedionda tirada en un colchón. Aquel rostro hechizante es ya sólo un campo de pústulas, una masa informe, sin rasgos, con un ojo cubierto del todo por la purulencia y el otro entreabierto y hundido en un agujero negro. Es un cadáver de nariz supurante con una mancha de costra rojiza que le cubre un pómulo e invade la boca y la crispa y estira en una atroz sonrisa.