Nana
Nana Hacia la una de la madrugada, en el gran lecho con encajes de Venecia, Nana y el conde aún no dormían. Él había vuelto por la noche después de un enfado de tres días. El dormitorio, débilmente iluminado por una lámpara, estaba caldeado e impregnado de un grato aroma, con las vagas palideces de sus muebles de laca blanca incrustada de plata. Una cortina corrida ahogaba el lecho en una ola de sombra. Hubo un suspiro, luego un beso cortó el silencio, y Nana, deslizándose entre las sábanas, permaneció un instante sentada en el borde, con las piernas desnudas. El conde, recostada la cabeza en la almohada, permanecía en la oscuridad.
—Querido, ¿crees en Dios? —preguntó ella después de un momento de reflexión, serio el rostro e invadida por un temor religioso al salir de los brazos de su amante.
Desde aquella mañana se quejaba de cierto malestar, y todas sus ideas necias, como decía ella, las ideas de la muerte y del infierno, la conmovían sordamente. A veces le ocurría que durante la noche, con los ojos abiertos, sufría pesadillas, con miedos infantiles y visiones atroces. Añadió:
—¿Crees que iré al cielo?
