Nana

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Capítulo XIII

Hacia fines de septiembre, el conde Muffat, que debía cenar en casa de Nana, apareció a media tarde para decir que una orden repentina le había llegado de las Tullerías. El hotel aún no estaba iluminado, los criados reían en la cocina; él subió con sigilo la escalera, cuyas vidrieras, daban paso a una sombra cálida.

La puerta del salón no hizo ruido. Una claridad rosácea agonizaba en el techo de la estancia; los cortinajes rojos, los sillones, los muebles lacados, aquella confusión de telas bordadas, de bronces y porcelanas dormitaba bajo una lenta lluvia de tinieblas, que ahogaba los rincones, sin espejeo del marfil ni un reflejo del oro.

Y allí, en aquella oscuridad, sobre la única blancura distinguida de unas amplias enaguas, percibió a Nana, boca arriba, en los brazos de Georges. Toda negación era imposible. Lanzó un grito ahogado y se quedó boquiabierto.

Nana se había levantado de un salto, y lo empujaba hacia el dormitorio para dar tiempo a que el pequeño escapase.

—Entra —dijo ella, desconcertada—; yo te explicaré…


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