Nana
Nana Nana desapareció bruscamente; una nueva zambullida, una fuga, un vuelo a países extravagantes. Antes de su partida se había dado la emoción de una subasta, barriéndolo todo, el hotel, los muebles, las joyas, hasta los vestidos y la ropa blanca. Se citaban cifras, las cinco ventas produjeron más de seiscientos mil francos.
Una última vez París la había visto en una comedia de magia, Mélusine, en el teatro de la Gaité, que Bordenave, sin un céntimo, acababa de coger en un golpe de audacia; allí se encontró con Prullière y Fontan; su papel era de simple figuración, pero un verdadero «acierto»: tres posturas plásticas de un hechizo poderoso y mudo.
Luego, en medio de tan gran éxito, cuando Bordenave, frenético de reclamos, encendía todo París con anuncios colosales, se supo, por la mañana temprano, que la víspera había salido para El Cairo; una sencilla discusión con su director, una palabra que no le había convenido, el capricho de una mujer demasiado rica para dejarse fastidiar. Por otra parte, era su capricho: desde hacía tiempo tenía el propósito de ir a Turquía.
Transcurrieron los meses. Se la olvidaba. Cuando su nombre reapareció entre aquellos señores y señoras, circulaban las más extrañas historias, y cada uno daba las noticias más opuestas y prodigiosas.
