Thérèse Raquin
ThĂ©rèse Raquin Transcurrieron más de tres semanas. Laurent iba a la tienda todas las noches; parecĂa cansado, como si estuviera enfermo; le rodeaba los ojos un tenue cĂrculo azul y tenĂa los labios más descoloridos y agrietados. Por lo demás, conservaba la misma tranquilidad sin fisuras, miraba a Camille cara a cara y le demostraba la misma amistad sincera. La señora Raquin mimaba más al amigo de la casa desde que veĂa que lo iba embotando algo parecido a una fiebre sorda.
ThĂ©rèse volvĂa a tener la misma cara muda y enfurruñada. Estaba más quieta, más impenetrable, más sosegada que nunca. Era como si Laurent no existiese para ella; casi ni lo miraba, pocas veces le hablaba, lo trataba con perfecta indiferencia. La señora Raquin, cuya bondad padecĂa con aquel comportamiento, le decĂa a veces al joven: «No se preocupe por la frialdad de mi sobrina. La conozco bien. Por la cara que pone, parece frĂa; pero tiene un corazĂłn cálido, lleno de ternura y abnegaciĂłn».
