Thérèse Raquin

Thérèse Raquin

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CAPÍTULO XI

Los domingos, a veces, cuando hacía bueno, Camille obligaba a Thérèse a salir con él y dar un breve paseo por los Campos Elíseos. La joven habría preferido quedarse en la húmeda oscuridad de la tienda; se cansaba, se aburría del brazo de su marido, que le hacía recorrer a la fuerza las aceras y se detenía en las tiendas con asombros, comentarios y silencios propios de un estúpido. Pero Camille no cedía; le gustaba lucir a su mujer; cuando se encontraba con alguno de sus colegas o, sobre todo, alguno de sus jefes, se ponía muy hueco al cruzar un saludo con ellos yendo acompañado de su señora. Por lo demás, caminaba por caminar, sin hablar casi, muy tieso; le sentaba mal el traje de los domingos e iba arrastrando los pies, lerdo y vanidoso. Thérèse sufría por tener que ir del brazo de aquel hombre.

Los días de paseo, la señora Raquin acompañaba a sus hijos hasta el final del pasadizo. Los besaba como si se fueran de viaje. Y les daba consejos sin fin, los atosigaba a ruegos.

—Sobre todo —les decía—, mucho cuidado con los accidentes… ¡En este París hay tantos coches! Prometedme que no os vais a meter por donde haya mucha gente…


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