Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Laurent, en el oscuro rincón del coche de transporte público que lo condujo a París, acabó de madurar su plan. Tenía la casi completa certeza de quedar impune. Le rebosaba una alegría torpe y ansiosa, la alegría del crimen consumado. Al llegar al portazgo de Clichy, tomó un coche de punto y mandó que lo condujese a casa de Michaud padre, en la calle de Seine. Eran las nueve de la noche.
El ex comisario de policía estaba con Olivier y Suzanne. Había ido allí Laurent en busca de protección, por si en algún momento sospechaban de él, y para ahorrarse tener que comunicar personalmente la espantosa noticia a la señora Raquin. Era ésta una misión que le producía una extraña repugnancia; presentía una desesperación de tal envergadura que temía no desempeñar su papel con la suficiente cantidad de lágrimas; y, además, el dolor de aquella mujer le resultaba penoso, por más que, en el fondo, no le importase gran cosa.
Cuando Michaud lo vio entrar, con aquellas rústicas ropas que le estaban estrechas, lo interrogó con la mirada.
Laurent refirió el accidente con voz quebrada, como si el dolor y el cansancio le quitasen el resuello.
—He venido a buscarlo a usted —dijo, al acabar—; no sabía qué hacer con esas dos pobres mujeres que reciben tan cruel golpe… No me he atrevido a ir solo a ver a la madre. Le ruego que venga conmigo.
