Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Al día siguiente, Laurent se despertó descansado y brioso. Había dormido bien. El aire frío que entraba por la ventana le estimulaba la sangre, quitándole la pesadez. Apenas si recordaba las escenas de la víspera; sin la ardiente quemadura que le abrasaba el cuello, habría podido creer que se había acostado a las diez, tras una apacible velada. El mordisco de Camille era como un hierro al rojo pegado a la piel; cuando el pensamiento de Laurent se detuvo en el dolor de esa llaga, sintió crueles padecimientos. Le parecía que una docena de agujas se le iban hundiendo poco a poco en la carne.
Tiró del cuello de la camisa y se miró la herida en un mal espejo de setenta y cinco céntimos colgado en la pared. Era dicha herida un agujero rojo, del tamaño de una moneda de diez céntimos; la piel estaba arrancada y se veía la carne, de un rosa sucio, con manchas negras; unos hilillos de sangre habían corrido hasta el hombro, trazando unos finos surcos que se iban descascarillando. En el cuello blanco, el mordisco destacaba con un tono pardo apagado e intenso; estaba a la derecha, debajo de la oreja. Laurent lo miraba con la espalda doblada y el cuello estirado, y el espejo verdoso prestaba a su rostro una mueca atroz.
