Thérèse Raquin
Thérèse Raquin La tienda del pasadizo de Le Pont-Neuf estuvo cerrada tres días. Cuando volvió a abrir, parecía más sombría y más húmeda. Era como si los artículos expuestos, amarillentos de polvo, publicasen el luto de la casa; todo andaba revuelto y manga por hombro en los sucios escaparates. Tras los gorros de lienzo, colgados de las oxidadas varillas, el rostro de Thérèse era de una palidez más mate, de una inmovilidad y una tranquilidad siniestras.
En el pasadizo, todas las comadres la compadecían. La vendedora de bisutería indicaba a todas las clientes el perfil enflaquecido de la joven como si de una curiosidad interesante y dolorosa se tratara.
