Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Laurent volvió algunas veces, por las noches, cada dos o tres días. Se quedaba en la tienda, charlando con la señora Raquin durante media hora. Luego se iba, sin haber mirado a Thérèse a la cara. La anciana mercera lo tenía por el salvador de su sobrina, por un corazón noble que había hecho cuanto estaba en su mano para devolverle a su hijo. Lo recibía con enternecida benevolencia.
Un jueves por la noche, estaba Laurent en la tienda cuando se presentaron Michaud padre y Grivet. Estaban dando las ocho. El empleado y el ex comisario habían pensado, cada uno por su cuenta, que podían reanudar sus caras costumbres sin pecar de importunos, y llegaban en el mismo minuto, como si los impeliese el mismo resorte. Detrás de ellos entraron Olivier y Suzanne.
Subieron todos al comedor. La señora Raquin, que no esperaba visita, se apresuró a encender la lámpara y preparar el té. Cuando todo el mundo estuvo sentado en torno a la mesa, cada cual ante su taza, tras volcar la caja de fichas de dominó, la pobre madre, súbitamente llevada al pasado, miró a sus invitados y rompió en sollozos. Había un sitio vacío, el sitio de su hijo.
Aquella desesperación cohibió y molestó a los invitados. En todos los rostros había una expresión de beatitud egoísta. Aquellas personas se sintieron violentas, pues no les quedaba ya en el corazón el menor recuerdo vivo de Camille.
