Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Laurent se fue del pasadizo con la mente tensa y la carne intranquila. El cálido aliento y el consentimiento de Thérèse acababan de devolverle las destemplanzas de antaño. Tiró por los muelles y caminó, con el sombrero en la mano para que le diese en la cara todo el aire del cielo.
Al llegar a la calle de Saint Victor y a la puerta de su pensión, le dio miedo subir y estar solo. Un miedo infantil, inexplicable, imprevisto, le hizo temer que hubiera un hombre escondido en su buhardilla. Nunca había tenido cobardías de ésas. Ni siquiera intentó dar una explicación razonable al extraño escalofrío que se apoderaba de él; entró en una taberna y se quedó allí una hora, hasta medianoche, inmóvil y mudo, sentado a una mesa, bebiendo maquinalmente vasos de vino llenos hasta arriba. Pensaba en Thérèse, se irritaba con la joven, porque no había querido dejarlo subir esa misma noche a su cuarto. Y pensaba que en compañía de ella no habría tenido miedo.
