Thérèse Raquin

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CAPÍTULO XVIII

También a Thérèse le había visitado el espectro de Camille durante aquella noche de fiebre.

La ardiente proposición de Laurent, que le pedía una cita tras más de un año de indiferencia, la había hostigado de pronto. La carne empezó a abrasarla cuando, sola y acostada, pensó en que pronto había de celebrarse la boda. Entonces, entre las convulsiones del insomnio, vio alzarse al ahogado; se retorció, igual que Laurent, en el deseo y el espanto; e, igual que él, se dijo que ya no tendría miedo, que ya no soportaría tamaños sufrimientos cuando tuviera a su amante en los brazos.

A la misma hora, se había dado, en aquella mujer y aquel hombre, una suerte de trastorno nervioso que los devolvía, palpitantes y aterrados, a sus terribles amores. Se había establecido entre ellos un parentesco de sangre y voluptuosidad. Los mismos escalofríos los estremecían; las mismas angustias les oprimían los corazones, en una suerte de dolorosa fraternidad. A partir de ese momento no tuvieron sino un único cuerpo y una única alma para gozar y padecer. Esa comunión, esa mutua compenetración es un hecho psicológico y fisiológico que se da con frecuencia en las personas a las que hondas conmociones nerviosas hacen chocar violentamente entre sí.


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