Thérèse Raquin

Thérèse Raquin

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CAPÍTULO XIX

No obstante, la solapada labor de Thérèse y Laurent iba dando fruto. Thérèse había adoptado un comportamiento taciturno y desesperado que, al cabo de unos días, preocupó a la señora Raquin. La anciana mercera quiso saber por qué estaba tan triste su sobrina. Entonces, la joven interpretó su papel de viuda desconsolada con exquisita habilidad; habló vagamente de hastío, de ánimo decaído, de dolores nerviosos, sin concretar nada. Cuando su tía la acuciaba a preguntas, contestaba que se encontraba bien, que no sabía el porqué de su abatimiento, que lloraba sin saber el motivo. Y hacía alarde continuo de ahogos, de sonrisas pálidas y afligidas, de silencios colmados de vacío y desaliento abrumadores. Viendo a aquella joven, encerrada en sí misma, que parecía estarse muriendo poco a poco de un mal desconocido, la señora Raquin acabó por alarmarse seriamente; sólo tenía en el mundo a su sobrina y le pedía a Dios a diario que le conservase a aquella muchacha para que pudiera cerrarle los ojos. Había algo de egoísmo en aquel último amor de su vejez. Cuando se le pasó por las mientes que podía perder a Thérèse y morirse sola en lo hondo de la húmeda tienda del pasadizo, sintió que peligraban los humildes consuelos que todavía la ayudaban a vivir. A partir de ese momento, no le quitó ya ojo a su sobrina, analizó con espanto las melancolías de La joven, se preguntó qué podría hacer para curarla de aquella muda desesperación.


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