Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Por la mañana, Laurent y Thérèse se despertaron, cada cual en su cuarto, con el mismo pensamiento hondamente alegre: ambos se dijeron que acababa de concluir su última noche de terror. Ya no volverían a dormir solos, se defenderían mutuamente del ahogado.
Thérèse miró en torno y sonrió con extraña expresión al calibrar con la mirada su ancha cama. Se levantó y se vistió despacio, mientras esperaba a Suzanne, que iba a venir a ayudarla en su avío de novia.
Laurent se sentó en la cama. Se quedó así unos minutos, despidiéndose de su buhardilla, que le parecía infame. Al fin iba a dejar aquella perrera y tener mujer propia. Corría el mes de diciembre. Tiritaba. Puso los pies en los baldosines diciéndose que aquella noche estaría bien calentito.
La señora Raquin, que sabía los apuros que pasaba, le había puesto en la mano, ocho días antes, una bolsa en la que había quinientos francos, todos sus ahorros. El joven la aceptó sin más miramientos y se compró ropa nueva. El dinero de la anciana mercera le permitió, además, comprarle a Thérèse los regalos al uso.
