Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Tal y como esperaba Michaud padre al fraguar el matrimonio de Thérèse y Laurent, las veladas de los jueves recuperaron su anterior amenidad nada más celebrarse la boda. Dichas veladas habían corrido gran peligro al morir Camille. Los invitados no acudían ya sino medrosamente a aquella casa enlutada; todas las semanas sentían el temor de que los despidiesen de forma definitiva. Pensar que la puerta de la tienda acabaría seguramente por cerrárseles espantaba a Michaud y Grivet, que se apegaban a sus costumbres con instinto y empecinamiento de animales irracionales. Se decían a sí mismos que la anciana madre y la joven viuda acabarían por irse un buen día a Vernon, o a cualquier otro lugar, a llorar a su muerto, con lo que ellos se quedarían en la calle los jueves por la noche y sin saber qué hacer; se veían ya en el pasadizo, vagando de forma lastimosa, soñando con grandiosas partidas de dominó. Mientras esperaban la llegada de esos días malos, disfrutaban tímidamente de sus últimos momentos gozosos y acudían con expresión inquieta y empalagosa a la tienda, repitiéndose en cada nueva ocasión que quizá no volviesen nunca más. Sintieron tales temores durante más de un año, sin atreverse a explayarse ni reírse ante las lágrimas de la señora Raquin y los silencios de Thérèse. No se sentían ya en su propia casa, como en tiempos de Camille; podía decirse que robaban cada una de las veladas que pasaban alrededor de la mesa del comedor. Fue en esas desesperadas circunstancias cuando el egoísmo de Michaud padre lo urgió a dar un golpe maestro casando a la viuda del ahogado.
