Thérèse Raquin

Thérèse Raquin

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CAPÍTULO XXVII

Sólo un ataque de espanto había inducido a hablar al matrimonio, a confesar delante de la señora Raquin. Ninguno de los dos era cruel; habrían evitado revelación tal por humanidad, si la seguridad no hubiera sido ya imperativo suficiente para guardar silencio.

El jueves siguiente, estuvieron particularmente preocupados. Por la mañana, Thérèse le preguntó a Laurent si le parecía prudente dejar a la paralítica en el comedor durante la velada. Lo sabía todo y podía avisar a los otros.

—¡Bah! —repuso Laurent—. No puede mover ni el dedo meñique. ¿Cómo quieres que hable?

—A lo mejor encuentra un medio —respondió Thérèse—. Desde la otra noche, le leo en los ojos un pensamiento implacable.

—No, mira, el médico me dijo que no tenía remedio. Si vuelve a hablar alguna vez, será con el último hipido de la agonía… Ya no le queda mucho, te lo digo yo. Sería una tontería que nos cargáramos otra culpa en la conciencia impidiéndole asistir a la velada…

Thérèse se estremeció.

—No me has entendido —exclamó—. Por supuesto que tienes razón. Bastante sangre ha habido ya… Quería decir que podríamos encerrar a mi tía en su cuarto y decir que se encuentra peor y que está durmiendo.


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