Thérèse Raquin

Thérèse Raquin

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CAPÍTULO XXX

Llegó un momento en que a la señora Raquin, para librarse de los sufrimientos que padecía, se le ocurrió la idea de dejarse morir de hambre. Había agotado su coraje y no podía soportar ya por más tiempo el martirio que le imponía la presencia continua de los asesinos; soñaba con hallar en la muerte un supremo alivio. Cada día eran mayores sus angustias cuando la besaba Thérèse, cuando Laurent la tomaba en brazos y la llevaba como a un niño. Decidió que se libraría de esas caricias y de esos abrazos que le causaban una espantosa repugnancia. Puesto que no tenía ya vida bastante para vengar a su hijo, prefería morir del todo y no dejar entre las manos de los asesinos más que un cadáver que no sintiese nada y con el que pudiesen hacer lo que les viniera en gana.

Estuvo dos días rechazando todo alimento, empeñando sus últimas fuerzas en apretar los clientes, escupiendo lo que conseguían meterle en la boca. Thérèse estaba desesperada; se preguntaba al pie de qué hito iría a llorar y a arrepentirse cuando faltase su tía. Le espetó interminables sermones para demostrarle que tenía que vivir, lloró, llegó incluso a enfadarse, volviendo a sus antiguas furias, separándole las mandíbulas a la paralítica como se abren las de un animal que se resiste. La señora Raquin no cejaba. Era un combate odioso.


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