Yo acuso. La verdad en marcha
Yo acuso. La verdad en marcha Hemos visto todo eso. E ignoro cómo habrán reaccionado los demás espectadores ante semejante síntoma, puesto que nadie lo comenta, nadie se indigna. A mí, en cambio, me da escalofríos, porque revela, con una inesperada violencia, la enfermedad que nos aqueja. La prensa inmunda ha descarriado a la nación y un acceso de perversión y de corrupción está extendiendo la úlcera, a pleno sol.
Ahora, el antisemitismo.
Él es el culpable. Ya dije de qué modo esa bárbara campaña, que nos hace retroceder mil años, indigna mis ansias de fraternidad, mi afán de tolerancia y de emancipación humanas. Volver a las guerras de religión, reanudar las persecuciones religiosas, desear que nos exterminemos una raza a otra, todo eso resulta tan insensato en nuestro siglo de liberación que semejante propósito me parece, más que nada, estúpido. Sólo puede haberse originado en el enfático y desequilibrado cerebro de un creyente, en la gran vanidad de un escritor eternamente desconocido, ansioso por desempeñar a cualquier precio un papel, por odioso que este sea. Y no quiero creer que un movimiento como este llegue a cobrar decisiva importancia en Francia, un país donde reina el libre examen, la bondad fraternal y la sensatez.