Amok

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LA CALLE DEL CLARO DE LUNA

El barco, retrasado por la tormenta, no pudo fondear en el pequeño puerto francés hasta muy entrada la noche y perdimos el tren nocturno para Alemania. De improviso, pues, nos quedaba un día en una localidad desconocida, una noche sin más atractivo que el de la música ramplona y melancólica que tocaba un conjunto de mujeres en una sala de baile arrabalera o el de una monótona conversación con mis compañeros de viaje ocasionales. La atmósfera del pequeño comedor del hotel, que olía a aceite y estaba cargado de humo, me resultaba insoportable, y yo notaba doblemente su empañada suciedad porque todavía sentía en los labios el hálito puro del mar con su frescor y su sabor salado. De modo que salí del hotel; seguí a la ventura la ancha e iluminada calle hasta llegar a una plaza donde tocaba la banda de la guardia urbana y luego proseguí más allá, llevado por la ola indolente de los viandantes. Al principio me sentó bien ese dejarme mecer a la buena de Dios en la corriente de una muchedumbre indiferente, ataviada al gusto provinciano, pero pronto dejé de poder resistir los empujones de gente extraña y sus risas vacuas, aquellos ojos que me agredían, atónitos, indiferentes o irónicos, aquellos roces que me empujaban hacia delante imperceptiblemente, aquella luz que manaba de mil pequeñas fuentes y el ruido de pasos frotando el suelo. La travesía había sido movida y aún hervía en mi sangre una sensación de mareo y de leve embriaguez: aún tenía la impresión de que la tierra resbalaba y se balanceaba bajo mis pies, que se movía como si resoplara y que la calle se elevaba hasta el cielo. De repente me sentí mareado con tanto barullo y, para salvarme, torcí hacia una calle sin siquiera mirar su nombre y, desde allí, hacia otra más pequeña, en la que poco a poco se iba extinguiendo el eco de aquel desatinado ruido, y seguí adentrándome sin rumbo fijo por el laberinto de callejuelas que se ramificaban como arterias y se iban volviendo más y más oscuras a medida que me alejaba de la plaza principal. Allí, las grandes farolas de arco voltaico, esas lunas de los amplios bulevares, ya no resplandecían, y por encima de la escasa iluminación se empezaban a ver de nuevo, por fin, las estrellas y un cielo velado por la oscuridad.


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