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LEPORELLA

Su nombre civil era Crescentia Anna Aloisia Finkenhuber, tenía treinta y nueve años, era hija ilegítima y procedía de un pueblo montañés del Zillertal. En la columna «Rasgos distintivos» de su documentación constaba un trazo oblicuo para indicar que ninguno; pero si los funcionarios estuvieran obligados a incluir la descripción caracterológica, una simple y rápida mirada les hubiera bastado para anotar en aquel punto: «parecida a un jamelgo montés reventado, huesudo y flaco». Pues algo manifiestamente equino había en la expresión del labio inferior muy caído, en el óvalo a la vez alargado y duro del atezado rostro, en la mirada apagada y sin pestañas y, sobre todo, en los cabellos mugrientos, espesos y enmadejados con unto que le caían sobre la frente. También en sus andares se revelaba la tozudez y la pertinacia de mulo propias del penco de andadura que, invierno y verano, arrastra, gruñón, el mismo peso de leña, montañas arriba y valles abajo, por pedregosos caminos de herradura y con el mismo trote a trompicones. Liberada de las riendas del trabajo, Crescenz solía quedarse sentada, absorta, la mirada fija, con las huesudas manos juntas y los antebrazos en diagonal, como los animales en el establo, ensimismada. Todo en ella era hosco, áspero y pesado. Pensaba a duras penas y comprendía con lentitud: cada pensamiento nuevo se filtraba aletargado en su mente como una gota a través de un tamiz tupido; pero cuando al fin había asimilado algo nuevo, lo retenía con porfía y avidez. Nunca leía, ni periódicos ni el devocionario; escribir le costaba horrores y las torpes letras de su libreta de cocina recordaban curiosamente su propia figura patosa, angulosa en todas las direcciones y que carecía a ojos vistas de todas las formas evidentes de la feminidad. Tan dura como sus huesos, frente, caderas y manos era su voz, que, a pesar de los recios sonidos guturales tiroleses, siempre chirriaba como oxidada: en realidad no era de extrañar, pues Crescenz no decía una palabra vana a nadie. Y nadie la había visto nunca reír; también en eso se parecía a los animales, pues —cosa quizá más cruel que la pérdida del habla— a las criaturas irracionales de Dios no les ha sido dado el don de la risa, esa bendita expresión de los sentimientos que brota espontáneamente.


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