Amok
Amok Era el año de guerra 1810. Una enorme y quemada nube de polvo se cernía sobre el camino real de Hostalric, en Cataluña, el pueblo que los españoles defendían con tanto ardor y los franceses asediaban sin descanso. De vez en cuando, una perezosa ráfaga de viento abría el blanco velo, del que emergían pesados carros de formas vagas, soldados en grupos sueltos, caballos arrastrándose fatigosamente hacia delante, un transporte de vituallas protegido por un coronel experimentado con sus tropas. El blanco camino, serpenteante y torcido, dejaba atrás la tierra fangosa de onduladas colinas y se dirigía hacia un bosquecillo que resplandecía de color violeta y cuyas lindes aparecían bañadas de rojo por el sol, que se sumergía ya por poniente. La nube de polvo entraba lentamente en la oscuridad de los árboles, que esperaba en silencio a la chirriante comitiva.
