Amok
Amok Al pasar por delante del reloj del campanario vio que era ya muy tarde. Agarró con más fuerza los libros de texto bajo el brazo y aceleró su paso cansino y perezoso. Pero pronto desistió. El calor del mediodía veraniego lo había vuelto lento y en realidad no le parecía tan importante llegar a tiempo a una clase de griego. Y a un trote indolente siguió en dirección a la escuela por el empedrado, que desprendía un sofocante ardor. Llegado allí, vio que ya llevaba diez minutos de retraso y por un momento consideró todavía si no era mejor dar media vuelta. Pero la idea de asistir a la continuación del aburrido sermón familiar del día durante la comida le pareció tan fastidiosa, que se dirigió decidido al aula y abrió la puerta de un enérgico tirón.
Su brusca entrada causó cierta sensación. Por detrás se oyeron risitas de superioridad, y también desde los primeros bancos de delante se volvieron hacia él rostros que sonreían burlonamente. Y desde la tarima el profesor lo contempló con una sonrisa arrogante y dijo a media voz, como con desdén:
—Hubiera sido un verdadero milagro que por una vez llegara a tiempo, Liebmann. En el llegar tarde pone usted un empeño y una perseverancia de los que carece con mucho en todo lo demás.
