Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Con la dieta de Worms, con la fulminación del anatema de la Iglesia y la proscripción imperial, cree Erasmo —y la mayorÃa comparte este sentimiento— que queda terminada la tentativa de reforma de Lutero. Lo que resta es franca rebelión contra el Estado y la Iglesia, una nueva sublevación, como la de los albigenses, la de los valdenses o de los husitas, que es probable que sea aniquilada de la misma cruel manera, y precisamente esta solución guerrera era lo que Erasmo querÃa que fuera evitado. Su sueño habÃa sido reedificar, por medio de una reforma, la doctrina evangélica de la Iglesia, y, a tal objetivo habrÃale prestado gustoso su asistencia. «Si Lutero permanece en el seno de la Iglesia católica, apareceré con gusto a su lado», habÃa prometido públicamente. Pero, de un solo tirón y rasgón, el hombre violento se ha desprendido para siempre de Roma. Ahora ya está hecho. «La tragedia de Lutero está acabada. ¡Ay, si nunca hubiera aparecido en escena!», es el lamento del engañado amigo de la paz. Extinguida está la chispa de la doctrina evangélica, hundida la estrella de la luz espiritual, actum est de stellula lucÃs evangelÃcæ. Ahora, los alguaciles y los cañones decidirán los asuntos de Cristo, pero Erasmo está decidido a apartarse de todo futuro conflicto; se siente demasiado débil para aquella gran prueba. Reconoce humildemente que no posee, para una decisión tan inmensa y llena de responsabilidad, aquella última certidumbre divina y personal de que se alaban los otros: «¡Ojalá que Zuinglio y Bucer posean el espÃritu! Erasmo no es nada más que un hombre y no puede percibir el lenguaje del espÃritu». El cincuentón, que desde hace mucho tiempo ha adquirido el profundo concepto de la impenetrabilidad de los problemas divinos, no se siente llamado a ser quien lleve la palabra en esta disputa; sólo quiere servir, en silencio y con humildad, allà donde reina claridad eterna, en la ciencia y en el arte. AsÃ, huyendo de la teologÃa, de la polÃtica del Estado y de la discordia eclesiástica, se refugia en su cuarto de estudio; apartándose de las disputas, viene a buscar el silencio sublime de los libros; en este terreno aún puede ser de utilidad para el mundo. Por lo tanto, ¡retÃrate a tu celda, viejecillo, y cierra las ventanas contra las tempestades de los tiempos! ¡Deja la lucha para los otros, los que sienten en su corazón las voces divinas, y prosigue la tarea más tranquila de defender la verdad en las puras esferas del arte y de la ciencia! «Aunque las corrompidas costumbres del clero romano exigen un extraordinario remedio, no me corresponde a mÃ, ni a las gentes de mi modo de ser, el arrogarnos la cuestión del salvamento. Prefiero soportar el actual estado de cosas, que no ser yo quien suscite nuevas intranquilidades, cuyo rumbo corre a menudo hacia los fines más opuestos. Conscientemente, nunca he sido ni seré jefe ni participante en una rebelión».
