Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

El fin

Como hombre de sesenta años, fatigado y consumido, vuelve a sentarse Erasmo en Freiburg, en medio de sus libros, huyendo —¡cuántas veces ya!— de las turbonadas e inquietudes del mundo. Cada vez más consumido y encorvado el flaco cuerpecillo, cada vez más semejante el delicado rostro arrugado, con sus mil pliegues, a un pergamino cubierto de místicos signos y runas, aquel hombre, que en otro tiempo había creído apasionadamente en una renovación de la Humanidad gracias al puro humanismo, se hace, poco a poco, más amargo, más burlón y más hipócrita. Caprichoso como todos los viejos solterones, se queja mucho de la decadencia de las ciencias, de la malevolencia de sus enemigos, de la carestía y de los engaños de los banqueros, del vino malo y agrio; cada vez más, el gran desengañado se siente extraño en un mundo que en modo alguno quiere tener paz y en el cual, a diario, la razón es asesinada por la pasión y la justicia por la violencia. El corazón se le ha hecho soñoliento desde hace tiempo, pero no la mano ni tampoco el cerebro, maravillosamente claro y reluciente, que esparce, como una lámpara, un círculo de luz, continuo y sin mácula, sobre todo lo que cae en el campo de visión de su insobornable espíritu. Un único amigo, el más antiguo, el mejor, permanece siempre fiel a su lado: el trabajo. Días tras día, escribe Erasmo treinta o cuarenta cartas, llena gruesos tomos en folio con sus traslaciones de los padres de la Iglesia, completa sus Coloquios y promueve una serie interminable de escritos morales y estéticos. Escribe y actúa con la conciencia del hombre que cree que la razón tiene siempre el derecho y el deber de elevar la voz en un mundo ingrato. Pero, en lo más íntimo de sí mismo lo sabe Erasmo desde hace tiempo: no tiene sentido, en tal momento de locura universal, incitar a los hombres a ir hacia el humanismo; sabe que su ideal humanístico, alto y noble, se encuentra ahora vencido. Todo lo que él ha querido, aquello a que ha aspirado: inteligencia entre los hombres y amigables composiciones en vez de espantoso guerrear, ha quebrado por la obstinación de los fanáticos; su Estado espiritual, su Estado platónico, no cabe en medio de los Estados terrenos; su república de sabios no tiene sitio alguno entre los campos de batalla de los excitados partidos. Entre religión y religión, entre Roma, Zurich y Wittenberg, se guerrea bárbaramente; entre Alemania y Francia e Italia y España, se suceden infatigablemente las campañas militares, como errantes tempestades; el nombre de Cristo ha llegado a ser grito de guerra y pendón para acciones militares. ¡Qué ridículo que todavía se escriban tratados y se procure traer a los príncipes a la reflexión; qué insensato ser todavía defensor de la doctrina evangélica, desde que el representante de Dios y nuncio de las palabras del Evangelio la usa como hacha de combate! «Todos tienen estas cinco expresiones en la boca, evangelio, palabra divina, fe, Cristo y espíritu, y, sin embargo, veo a muchos de ellos conducirse como si estuvieran poseídos por el demonio». No; ya no tiene sentido alguno, en tal época de sobreexcitación política, querer seguir siendo un mediador y reconciliador; el sublime sueño de un imperio universal moralmente unificado, humanístico y europeo, está ya terminado, y quien lo ha soñado para la Humanidad, él mismo, Erasmo, es un hombre viejo, cansado, inútil, porque no le han escuchado. El mundo pasa por encima de él: ya no lo necesita.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker