Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Todas las zonas de las instituciones humanas se conmueven con este choque inmenso, y, hasta aquella capa más profunda del imperio del alma, que otras veces había permanecido intacta bajo las tormentas de los tiempos, la religiosa, es afectada por este magno viraje del siglo y del mundo. Rígidamente mantenido inmutable, como un encanto, por la Iglesia católica, el dogma, a modo de roca, había resistido a todos los huracanes, y esta grande y fiel obediencia había sido como el emblema de la Edad Media. En lo alto, disponiendo, se alzaba la autoridad de bronce; desde abajo, creyentemente sometida a la palabra santa, la humanidad la contemplaba; ninguna duda osaba afirmarse contra la verdad eclesiástica, y, donde se opusiera resistencia, mostraría la Iglesia su fuerza defensiva: el anatema quebraba la espada del emperador y dejaba sin aliento al hereje. Pueblos, dinastías, razas y clases sociales, por muy extrañas y hostiles que fueran entre sí, quedaban ligadas en una magnífica comunidad, por esta unánime y humilde obediencia, por esta ciega y beatífica fe reverencial; en la Edad Media, la humanidad occidental no había tenido más que un alma única, la católica. Europa descansaba en el regazo de la Iglesia, conmovida y agitada a veces por místicos sueños, pero en reposo, y le era ajeno todo deseo de verdad alcanzada por medio del saber y la ciencia. Por primera vez, ahora, una inquietud comienza a agitar el alma de Occidente; desde que los secretos de la Tierra han sido investigados, ¿por qué no han de serlo también los divinos? Sucesivamente van levantándose algunos del arrodillamiento en que estaban postrados, con la cabeza humildemente inclinada, y alzan, interrogadora, su mirada; en lugar de la humildad, anímales un nuevo valor, interrogador y pensante, y, junto a los audaces aventureros de desconocidos mares, junto a los Colones, Pizarros y Magallanes, surge una estirpe de conquistadores espirituales que se lanzan osadamente hacia lo infinito. La potencia religiosa que, durante siglos, había estado encerrada en el dogma como en una botella sellada, se exhala como un éter y se vierte desde los concilios sacerdotales hasta lo profundo del pueblo; también en esta última esfera quiere el mundo renovarse y transformarse. Merced a esta confianza en sí mismo, victoriosa y llena de experiencia, el hombre del siglo XVI no se siente ya como una diminuta partícula de polvo sin voluntad, que se muere de sed por el rocío de la gracia divina, sino como centro de los acontecimientos, soporte de la fuerza del mundo; la humildad y lobreguez transfórmanse súbitamente en la conciencia del propio valer, cuya embriaguez de poderío, más sensual e imperecedera, expresamos con la palabra Renacimiento, y junto al maestro eclesiástico aparece el intelectual con idéntica autoridad; junto a la Iglesia, la ciencia. También aquí ha quebrado una autoridad suprema, o, por lo menos, está tambaleándose; acábase la humildad y muda humanidad de la Edad Media, comienza una nueva que pregunta e investiga, con el mismo celo religioso con que las anteriores creyeron y oraron. De los monasterios, trasládase el afán de saber a las universidades, que casi al mismo tiempo aparecen en todos los países de Europa, fortalezas desafiadoras de la libre investigación. Se ha abierto un campo para los poetas, los pensadores, los filósofos, para los expositores e investigadores de todos los misterios del alma humana; en otras formas vierte el espíritu su fuerza; el humanismo intenta devolver a los hombres lo divino sin mediación eclesiástica, y se suscita, ya aisladamente primero, impulsada después por la firmeza del apoyo de las muchedumbres, la gran exigencia universal de la Reforma.


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