Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Pues comprender, y comprender cada vez mejor, era el verdadero placer para este noble genio. En un sentido estricto, acaso no se pueda calificar a Erasmo de espíritu profundo; no pertenece a los que piensan las cosas hasta el fin, a los grandes reformadores que dotan al espacio del mundo de un nuevo sistema espiritual planetario; las verdades de Erasmo no son en realidad más que claridad. Pero si no profundo, Erasmo poseía un espíritu extraordinariamente amplio; si no era un pensador hondo, pensaba, en cambio, recta, clara y libremente, en el sentido de Voltaire y de Lessing; un modelo de comprensión y de hacer comprensibles las cosas, un difundidor de la ilustración en el sentido más noble de las palabras. Extender la claridad y la veracidad era para él una función natural. Todo lo embrollado le repugnaba; todo confuso misticismo y toda exageración metafísica le repelían orgánicamente; lo mismo que Goethe, nada odiaba tanto como lo «nebuloso». Lo amplio le atraía para hacerle salir de sí mismo, pero no le tentaba lo profundo; jamás se inclinó sobre el «abismo» de Pascal, no conocía las conmociones anímicas de un Lutero, un Loyola o un Dostoiewski, estas especies de espantosas crisis que están ya misteriosamente emparentadas con la muerte y la locura. Todo lo excesivo tenía que permanecer ajeno a su modo de ser razonable. Pero, por otra parte, no había ningún otro hombre de la Edad Media menos supersticioso que él. Probablemente, se habrá reído para sí de las convulsiones y crisis de sus contemporáneos, de las visiones del infierno de Savonarola, del terror que el demonio inspiraba a Lutero, de las fantasías astrales de un Paracelso; sólo podía comprender lo más comprensible y lo hacía a su vez comprensible. La claridad se asentaba ya orgánicamente en su primer mirada, y todo lo que iluminaba con su vista insobornable convertíase al punto en orden y claridad. Gracias a esta penetración, transparente como el agua, de su pensamiento, y a la perspicacia de su sensibilidad, llegó a ser el gran explicador, el gran crítico de su época, el educador y maestro de su siglo, pero no sólo maestro de su generación, sino también de las siguientes, pues todos los espíritus de la época de la ilustración, librepensadores y enciclopedistas del siglo XVIII, y todavía muchos pedagogos del XIX, son espíritus de su espíritu.


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