Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Erasmo no fue desde el principio el gran escritor que llegó a ser luego. Un hombre de su carácter tiene que hacerse viejo para actuar sobre el mundo. Un Pascal, un Spinoza, un Nietzsche, pueden morir jóvenes, porque su compendioso espÃritu encuentra precisamente su perfección en las formas más angostas y cerradas. Lo contrario ocurre con un Erasmo, espÃritu coleccionador, que busca, comenta y resume las cosas, que no extrae la sustancia tanto de sà mismo como la recoge del mundo, que no actúa por su intensidad sino por su extensión. Erasmo es más bien aficionado que artista; para su inteligencia, siempre dispuesta, el escribir no es más que otra forma de la conversación; no le cuesta ningún gran esfuerzo a su movilidad espiritual y él mismo, una vez, declara que le da menos trabajo componer un libro nuevo que leer las pruebas de imprenta de uno antiguo. No necesita caldearse ni elevar su tono, su pensamiento es siempre más rápido de lo que es capaz de expresar la palabra. «Al leer tu escrito —escrÃbele Zuinglio— me parecÃa como si te oyera hablar y viera moverse, del modo más grato, tu pequeña y graciosa figura». Cuanto con mayor facilidad escribe, lo logrado es más conveniente; cuanto más produce, tanto más grande es su eficacia.