Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam En el tiempo comprendido entre los cuarenta y los cincuenta años de su edad alcanza Erasmo de Rotterdam el cenit de su gloria; desde hace cien años Europa no ha conocido mayor figura. Ningún nombre, entre sus contemporáneos, ni siquiera el de Durero, Rafael, Leonardo, Paracelso o Miguel Ángel son pronunciados con igual respeto, en aquellos días, por el mundo espiritual; las obras de ningún escritor se han esparcido en tan numerosas ediciones; ninguna autoridad moral o artística puede compararse con la suya. El nombre de Erasmo significa, simplemente, para el recién comenzado siglo XVI la suma de la sabiduría, optimum et maximum, lo mejor y más alto que puede pensarse, como lo celebra Melanchthon en su poema latino de alabanza; la autoridad indiscutible en cuestiones científicas y literarias, seculares y espirituales. Se le elogia ya como doctor universalis, ya como «príncipe de la ciencia», como «padre de los estudios» y «protector de la Teología honrada»; se le llama «la luz del mundo», o «la pitia de Occidente», vir incomparabilis et doctorum phoenix. Ninguna laudanza es demasiado grande para él. «Erasmo —escribe Mutiano— se levanta por encima de la medida humana. Hay que adorarle como a una divinidad, y con piadosa devoción, como a un ser celeste», y Carnerario, otro humanista, nos informa de que: «Todo el que no quiere pasar por extranjero en el imperio de las musas, le admira, le alaba y glorifica. Si alguien puede conseguir una carta suya, es inmensa su gloria y solemniza el más espléndido triunfo. Mas aquel a quien le es dado hablarle, puede decirse feliz sobre la tierra».
