Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Tan alto sueño estaba constituido de tal forma, que, como imán poderoso, podía atraer en todos los países a los espíritus mejores de aquel tiempo. Al hombre dotado de sensibilidad moral, siempre le parece como cosa insubstancial y sin sentido la propia existencia, sin el consolador pensamiento, creencia que dilata el alma, de que también él, como individuo aislado, con su deseo y su acción, puede añadir algo a la moralización general del mundo. El momento presente no es más que un peldaño para una mayor perfección, sólo preparación de un proceso vital mucho más perfecto. Quien sabe dar autoridad, por medio de un nuevo ideal, a esta fuerza de esperanza en el progreso moral de la humanidad, llega a ser guía de su generación. De éstos fue Erasmo. La hora era singularmente favorable para su idea de unión europea en el espíritu de la humanidad, pues los grandes descubrimientos e invenciones del cambio de siglo, la renovación de las ciencias y las artes por el Renacimiento, habían vuelto a ser, desde tiempo atrás, para toda Europa, un dichoso y sobrenacional acontecimiento colectivo; por primera vez, después de innumerables años de depresión, daba ánimos al mundo de Occidente la confianza en su destino, y, de todos los países, las mejores fuerzas idealistas concurrían hacia el humanismo. Todos querían ser ciudadanos, ciudadanos del mundo, en este imperio de la cultura; emperadores y papas, príncipes y sacerdotes, artistas y hombres de Estado, mancebos y mujeres, rivalizaban en instruirse en las artes y ciencias; el latín llegó a ser su idioma fraternal común, un primer esperanto del espíritu: por primera vez, desde la ruina de la civilización romana —¡glorifiquemos este hecho!—, gracias a la república de sabios de Erasmo, volvía a estar en formación una cultura europea colectiva; por primera vez, no la vanidad de una sola nación, sino la salud de toda la humanidad, era la meta de un grupo fraternal de idealistas. Y esta aspiración de los hombres espirituales a ligarse en espíritu, de los idiomas a entenderse en un súper idioma, de las naciones a hacer las paces valederamente en lo sobrenacional, este triunfo de la razón fue también el triunfo de Erasmo, su sagrada, pero breve y transitoria, hora universal.


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