La impaciencia del corazón
La impaciencia del corazón Involuntariamente me sentí tentado a mirar hacia la otra mesa para ver una vez en la vida y a dos metros de distancia a un héroe marcado por la historia. Pero me encontré con una mirada severa y enojada que más o menos venía a decirme: «¿le ha estado contando embustes acerca de mí ese individuo? ¡No se me quede usted mirando boquiabierto, que no hay nada que ver!» Al mismo tiempo, el caballero apartó la silla a un lado con un gesto inequívocamente desabrido y nos dio la espalda con aire decidido. Aparté los ojos un tanto avergonzado, y a partir de entonces evité por discreción rozar con la mirada siquiera el mantel de aquella mesa. No tardé en despedirme del bendito parlanchín, sin dejar de observar al salir que en el acto se trasladaba a la mesa de su héroe, probablemente para informarle sobre mí con la misma diligencia con que me había hablado antes de él.
