Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Rodeos en el camino hacia mí mismo

París, Inglaterra, Italia, España, Bélgica, Holanda: esa vida errante de gitano y presidida por la curiosidad había sido agradable de por sí y, en muchos aspectos, provechosa. Pero, a la postre, uno necesita un punto estable de donde partir y a donde volver; nunca lo he sabido tan bien como hoy, cuando ya no deambulo por el mundo por propia voluntad sino porque me persiguen. Durante los años posteriores a la escuela se me había ido acumulando una pequeña biblioteca: libros, cuadros y recuerdos; los manuscritos empezaban a apilarse en voluminosos paquetes y a la larga se me hizo imposible ir por el mundo arrastrando constantemente las maletas llenas de aquella bien amada carga. De modo, pues, que alquilé una pequeña habitación en Viena, pero no con la intención de convertirla en un domicilio permanente, sino sólo en un pied-à-terre, como, tan gráficamente, lo llaman los franceses. Y es que el sentimiento de provisionalidad presidió misteriosamente mi vida hasta la Guerra Mundial. En cuanto empezaba algo, me convencía a mí mismo de que no era lo auténtico, lo acertado, y eso tanto respecto a mis trabajos, que consideraba simples ensayos de lo real, como a las mujeres con las que tenía amistad. Así daba a mi juventud la impresión de que todavía no estaba del todo comprometida y, a la vez, también me otorgaba el diletto de probar, ensayar y saborear libre de preocupaciones. Llegado a la edad en que otros ya llevaban mucho tiempo casados, tenían hijos, ocupaban posiciones importantes y, haciendo acopio de todas sus energías, tenían que sacar el máximo provecho de sí mismos, yo seguía considerándome joven, principiante, aprendiz, un hombre que disponía de todo el tiempo del mundo y que vacilaba ante la idea de atarse a algo definitivo en uno u otro sentido. Y así, del mismo modo que veía mi trabajo como una labor previa a la “auténtica”, una tarjeta de visita que simplemente anunciaba mi existencia en la literatura, tampoco mi domicilio debía ser, de momento, mucho más que una dirección. Lo compré pequeño a propósito, y en un suburbio, por no gravar mi libertad con grandes gastos. No compré muebles especialmente buenos, pues no quería tener que “cuidarlos”, como había visto hacer en casa de mis padres, donde todos los sillones tenían sus fundas, que sólo se quitaban cuando teníamos visitas. Con una elección consciente, quería evitar fijar mi residencia en Viena y así atarme sentimentalmente a un sitio determinado. Durante años me pareció errónea esa manera de educarme para la provisionalidad, pero más adelante, puesto que cada vez que me construía un hogar me obligaban a abandonarlo y veía desintegrarse todo lo creado a mi alrededor, esa misteriosa sensación de vivir sin atarse a nada me resultó muy útil. Aprendida muy temprano, me hizo más llevaderas las pérdidas y las despedidas.


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