Memorias de un europeo El mundo de ayer

Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Y es que el siglo en que me tocó vivir y crecer no fue un siglo de pasión. Era un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio. El ritmo de las nuevas velocidades no había pasado todavía de las máquinas el automóvil, el teléfono, la radio y el avión al hombre; el tiempo y la edad tenían otra medida. Se vivía más reposadamente y, si intento evocar las figuras de los adultos que acompañaron mi infancia, me llama la atención que muchos de ellos eran obesos desde muy temprano. Mi padre, mi tío, mi maestro, los tenderos, los músicos delante de los atriles, a los cuarenta años eran ya hombres gordos, “respetables”. Andaban despacio, hablaban con comedimiento, se mesaban las barbas bien cuidadas y en muchos casos ya entrecanas. Pero el pelo gris era una señal más de “respetabilidad” y un hombre “maduro” evitaba conscientemente los gestos y la petulancia de los jóvenes como algo impropio. Ni siquiera siendo yo muy niño, cuando mi padre todavía no había cumplido los cuarenta, recuerdo haberlo visto subir o bajar escaleras apresuradamente ni hacer nunca nada con prisa aparente. La prisa pasaba por ser no sólo poco elegante, sino que en realidad también era superflua, puesto que en aquel mundo burguesamente estabilizado, con sus numerosas pequeñas medidas de seguridad y protección, no pasaba nunca nada repentino; las catástrofes que pudiesen ocurrir en el exterior no atravesaban las paredes bien revestidas de la vida “asegurada”. Ni la guerra de los boers, ni la ruso-japonesa, ni siquiera la guerra de los Balcanes, penetraron una sola pulgada en la existencia de mis padres. Pasaban por encima de todas las noticias de batallas de los periódicos con la misma indiferencia que ante las páginas de deportes. Y, mirándolo bien, ¿qué importaba lo que pasaba fuera de Austria? ¿Qué cambiaba en sus vidas? En la Austria de aquellos tiempos de bonanza no había revoluciones políticas ni caídas repentinas de valores; si alguna vez los valores bursátiles perdían cuatro o cinco puntos, enseguida se hablaba de “crac” y de “catástrofe” con el ceño fruncido. La gente se quejaba, más por vicio que por convencimiento, de los “elevados” impuestos que, en realidad, comparados con los de la posguerra, no representaban sino una especie de propina para el Estado. En los testamentos todavía se estipulaba la forma de proteger a nietos y biznietos de cualquier pérdida de fortuna, como si los poderes eternos pudieran garantizar la seguridad con un pagaré, y, mientras tanto, la gente vivía cómodamente y acariciaba las pequeñas preocupaciones como a animales de compañía, mansos y obedientes, a los que en el fondo no se teme. Por ello, cada vez que casualmente me viene a las manos un viejo periódico de aquellos días y leo los alarmados artículos sobre unas pequeñas elecciones municipales, cuando recuerdo las obras representadas en el Burgtheater, con sus conflictillos insignificantes y la desproporcionada agitación de nuestros debates juveniles sobre temas en el fondo fútiles, no puedo hacer más que sonreír. ¡Qué minúsculas todas aquellas preocupaciones! ¡Qué apacibles aquellos tiempos! Tuvo más suerte la generación de mis padres y abuelos, que llevó una vida tranquila, llana y clara de principio a fin. Sin embargo, no sé si los envidio por ello. Porque ¡cómo vegetaban lejos de todas las amarguras verdaderas, de las perfidias y las fuerzas del destino!


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