Memorias de un europeo El mundo de ayer

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La escuela del siglo pasado

Era muy natural que después de la escuela primaria me enviasen a un gymnasium. Todas las familias acomodadas velaban celosamente, aunque sólo fuera por razones de apariencia social, por tener hijos “cultos”; les hacían estudiar francés e inglés, los familiarizaban con la música, les asignaban institutrices y, luego, preceptores particulares para que aprendieran buenos modales. Pero sólo la llamada formación “académica” que llevaba a la universidad les confería un valor cabal en aquellos tiempos de liberalismo “ilustrado”. Por eso, toda “buena” familia aspiraba a que al menos uno de sus hijos llevase un título de doctor delante de su nombre. Ahora bien: aquel camino hacia la universidad resultaba bastante largo y no aparecía, ni mucho menos, sembrado de rosas. Era necesario pasar cinco años de escuela primaria y ocho de gymnasium, sentado en un banco de madera y a razón de cinco a seis horas diarias, y durante el tiempo libre, hacer los deberes y, sobre todo, dedicarse a satisfacer las exigencias de la “cultura general”, fuera ya del marco de la escuela: francés, inglés, italiano, las lenguas “vivas” al tiempo que las clásicas, latín y griego; es decir, cinco lenguas en total, además de geometría y física y las demás asignaturas escolares. Resultaba más que demasiado y casi no dejaba espacio para el desarrollo del cuerpo, el deporte y los paseos, y menos todavía para el ocio y la diversión. Recuerdo vagamente que a los siete años nos obligaban a aprender de memoria y a cantar a coro una canción que hablaba de la “alegre y feliz infancia”.


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