Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Desde el punto de vista de la lógica, lo más insensato que podía yo hacer tras la derrota de las armas alemanas y austríacas era volver a Austria, aquella Austria que ya sólo brillaba con luz crepuscular en el mapa de Europa, como una sombra difusa, gris y exánime de la antigua monarquía imperial. Los checos, los polacos, los italianos y los eslovenos le habían arrebatado las tierras; lo que quedaba era un tronco mutilado que sangraba por todas las arterias. De los seis o siete millones de hombres obligados a llamarse “austríacos alemanes”, sólo en la ciudad ya se apiñaban dos, muertos de hambre y de frío; las fábricas que habían enriquecido al país se hallaban ahora en territorio extranjero y los ferrocarriles se habían convertido en lastimeros muñones; se había robado el oro del Banco Nacional y a éste se le había cargado el gigantesco peso de los préstamos de guerra. Las fronteras estaban todavía sin definir, porque la Conferencia de Paz justo acababa de empezar y aún no se habían fijado los compromisos; no había harina ni pan ni carbón ni petróleo; una revolución parecía inevitable o, si no, sólo se vislumbraba una solución catastrófica. Según todas las previsiones humanas, aquel país creado artificialmente por los Estados vencedores no podía existir como país independiente ni (todos los partidos, el socialista, el clerical y el nacional, lo pregonaban a coro) tampoco quería serlo. Que yo sepa, por primera vez en la historia se dio el caso paradójico de que un país se viera obligado a aceptar una independencia que rechazaba con encono. Austria quería volver a unirse a los Estados vecinos de antes o a Alemania, con la que tenía vínculos de sangre, pero por nada del mundo deseaba llevar una vida de pordiosero con el cuerpo mutilado. Los Estados vecinos, en cambio, no querían una alianza económica con aquella Austria, en parte porque la consideraban demasiado pobre y, en parte también, porque temían que volviesen los Habsburgos; por otro lado, los aliados habían prohibido su anexión a Alemania para no fortalecer a la Alemania vencida. Se decretó, pues, que debía existir la República Austro alemana. A un país que no quería existir se le ordenaba (caso único en la historia): “¡Tienes que existir!”
