Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer ¿Cómo se podía tener aún por sagrada una moral que, durante cuatro años, permite el asesinato y el latrocinio bajo el nombre de heroísmo y requisa? ¿Cómo podía creer un pueblo en las promesas de un Estado que anula todas sus responsabilidades con el ciudadano porque le resultan incómodas? Y he aquí que los mismos hombres, la misma camarilla de ancianos, los llamados hombres con experiencia, habían superado la estulticia de la guerra con la chapucería de la paz que habían concertado. Hoy todo el mundo sabe ―y unos pocos lo sabíamos ya entonces― que aquella paz había sido una posibilidad moral, quizá la mayor de la historia. Wilson la había reconocido. Con una gran visión, había trazado un plan para un entendimiento mundial auténtico y duradero. Pero los viejos generales, los viejos hombres de Estado y los viejos intereses destruyeron la gran idea, convirtiéndola en pedazos de papel sin valor. La gran promesa, la sagrada promesa hecha a millones de personas de que aquella guerra sería la última, lo único todavía capaz de arrancar las últimas fuerzas a soldados ya casi del todo desengañados, fue cínicamente sacrificada a los intereses de los fabricantes de municiones y a la pasión por el juego de los políticos que, triunfantes, supieron salvar su vieja y nefasta táctica de tratados secretos y negociaciones a puerta cerrada frente al sabio y humano reto de Wilson. Todos los que tenían los ojos abiertos y vigilantes vieron que los habían engañado. Habían engañado a las madres que habían sacrificado a sus hijos, a los soldados que regresaban convertidos en pordioseros, a todos aquellos que por patriotismo habían suscrito préstamos de guerra, a aquellos que habían hecho caso de una promesa del Estado, a todos los que habíamos soñado con un mundo nuevo y mejor y ahora veíamos que los jugadores de siempre, y otros nuevos, habían reiniciado el viejo juego en que las apuestas eran nuestra existencia, nuestra felicidad, nuestro tiempo y nuestros bienes. ¿Era de extrañar que toda una generación joven mirara con rencor y desprecio a sus padres, los cuales se habían dejado arrebatar primero la guerra y luego la paz, que lo habían hecho todo mal, que no habían previsto nada y se habían equivocado en todo? ¿No era comprensible que hubiera desaparecido en la nueva generación cualquier tipo de respeto? Toda una generación de jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos y los maestros; leía con desconfianza cualquier decreto, cualquier proclama del Estado. La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces y volvió la espalda a cualquier tradición, decidida a tomar en sus manos su propio destino, a alejarse de todos los pasados y marchar con ímpetu hacia el futuro. Con ella había de empezar un mundo completamente nuevo, un orden completamente diferente en todos los ámbitos de la vida. Y, naturalmente, los comienzos fueron impetuosos, exagerados y hasta brutales. Todos y todo lo que no era de la misma edad era considerado como caduco. En vez de viajar con los padres, como antes, rapazuelos de once y doce años, en grupos organizados y sexualmente bien instruidos, cruzaban el país como “aves de paso” en dirección a Italia o al mar del Norte. En las escuelas, siguiendo el modelo ruso, se creaban sóviets escolares que controlaban a los maestros e invalidaban los planes de estudio porque los niños debían y querían aprender sólo aquello que les venía en gana. Por el simple gusto de rebelarse se rebelaban contra toda norma vigente, incluso contra los designios de la naturaleza, como la eterna polaridad de los sexos. Las muchachas se hacían cortar el pelo hasta el punto de que, con sus peinados a lo garçon, no se distinguían de los chicos; y los chicos, a su vez, se afeitaban la barba para parecer más femeninos; la homosexualidad y el lesbianismo se convirtieron en una gran moda no por instinto natural, sino como protesta contra las formas tradicionales de amor, legales y normales.