Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Por lo tanto, sólo quedaba una posibilidad: que cada cual siguiera su propio camino en silencio y en solitario. Para los expresionistas y ―si se me permite llamarlos así― los excesivistas, a mis treinta y seis años yo ya formaba parte de la generación de los mayores, porque me negaba a adaptarme a ellos de modo simiesco. Mis trabajos anteriores ya tampoco me gustaban a mí, no mandé reeditar ninguno de los libros de mi época “estética”. Eso significaba volver a empezar y esperar a que retrocediera la impaciente oleada de tantos “ismos”, y me ayudó muchísimo a resignarme a ello mi falta de ambición personal. Empecé la gran serie de los Constructores del mundo precisamente porque estaba convencido de que me ocuparía unos cuantos años; escribí narraciones cortas como Amok y Carta de una desconocida con absoluta calma y tranquilidad. El país y el mundo que me rodeaban volvieron poco a poco a la normalidad, de modo que tampoco yo podía tardar demasiado; habían pasado los tiempos en que me podía engañar a mí mismo diciéndome que todo cuanto emprendía sólo era provisional. Había alcanzado la mitad de la vida, la edad de las meras promesas se había acabado; ahora se trataba de ratificarlas y responder de mí mismo o desistir definitivamente.