Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Pero todavía no nos dábamos cuenta del peligro. Los pocos escritores que se habían tomado de veras la molestia de leer el libro de Hitler, en vez de analizar el programa que contenía se burlaban de la ampulosidad de su prosa pedestre y aburrida. Los grandes periódicos democráticos en vez de prevenir a sus lectores, los tranquilizaban todos los días diciéndoles que aquel movimiento que, en efecto, a duras penas financiaba su gigantesca actividad agitadora con el dinero de la industria pesada y un endeudamiento temerario, se derrumbaría irremisiblemente al día siguiente o al otro. Pero quizás en el extranjero no se entendió el verdadero motivo por el cual Alemania había menospreciado y banalizado la persona y el poder creciente de Hitler: Alemania no sólo ha sido siempre un Estado de clases, sino que, además, dentro de ese ideal social ha tenido que soportar una veneración exagerada e idólatra hacia la “formación académica”, una veneración que no ha cambiado con los siglos. Dejando de lado a algunos generales, los altos cargos del Estado estaban reservados exclusivamente a las llamadas “clases cultas académicas”. Mientras que en Inglaterra un Lloyd George, en Italia un Garibaldi o un Mussolini y en Francia un Briand procedían realmente del pueblo y de él habían accedido a los cargos más altos del Estado, para los alemanes era impensable que un hombre que ni siquiera había acabado los estudios primarios, por no hablar de una carrera universitaria, alguien que dormía en asilos y durante años había llevado una vida oscura y precaria de un modo todavía hoy no esclarecido, pudiese aspirar siquiera a una posición que habían ocupado un barón von Stein, un Bismarck o un príncipe Bülow. Este orgullo basado en la formación académica indujo a los intelectuales alemanes, más que cualquier otra cosa, a seguir viendo en Hitler al agitador de las cervecerías que nunca podría llegar a constituir un peligro serio, cuando ya desde hacía tiempo, gracias a sus instigadores invisibles, se había granjeado el favor de poderosos colaboradores en distintos ámbitos. E incluso aquel mismo día de enero de 1933 en que se convirtió en canciller, la gran masa y los mismos que lo habían empujado al cargo lo consideraban un simple depositario provisional del puesto y veían el gobierno del nacionalsocialismo como un mero episodio.


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