Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Durante los ocho años de instituto se produjo un hecho sumamente personal para todos nosotros: de niños de diez años nos fuimos convirtiendo poco a poco en jóvenes púberos de dieciséis, diecisiete y dieciocho, y la naturaleza empezó a anunciar sus derechos. Ahora bien, este despertar de la pubertad aparece como un problema totalmente personal que todo aquel que se hace adulto tiene que dirimir consigo mismo y a su manera, y que a primera vista no parece apropiado para ser discutido en público. Sin embargo, para nuestra generación esa crisis iba mucho más allá de su propia esfera. Mostraba al mismo tiempo un despertar distinto, pues nos enseñaba a observar por primera vez y con sentido crítico el mundo social en el que habíamos crecido y sus convicciones. Por lo general, los niños, e incluso los jóvenes, tienden a mostrarse respetuosos sobre todo con las leyes de su entorno. Pero se someten a las convenciones que se les impone sólo cuando ven que todos los demás las observan con la misma lealtad. Un solo ejemplo de falta de veracidad por parte de los maestros o de los padres los induce inevitablemente a considerar todo su entorno con mirada desconfiada y, por ende, más inquisitiva. Y nosotros no tardamos mucho en descubrir que todas las autoridades en las que habíamos depositado nuestra confianza hasta entonces, escuela, familia y moral pública, en lo referente a la sexualidad se comportaban con notable falsedad. Y más aún: que en este tema también a nosotros nos exigían secretismo y disimulo.
