Miedo
Miedo Al bajar por la escalera de la casa de vecindad donde vivía su amante, doña Irene volvió a sentir cómo se apoderaba de ella, en un instante, aquel absurdo miedo. De pronto, un negro torbellino comenzó a girar ante sus ojos, un frío terrible paralizó sus rodillas y tuvo que agarrarse a toda prisa al pasamanos para no caer de bruces. No era la primera vez que se había aventurado a ir a verle asumiendo el riesgo que comportaba; el súbito estremecimiento de temor no le era en absoluto desconocido, pero por mucho que se mentalizase, cada vez que regresaba a casa, acababa sucumbiendo a estos absurdos ataques de miedo, un miedo ridículo, infundado. No cabía duda de que acudir a la cita resultaba mucho más fácil. Ordenaba detener el coche en la esquina de la calle, recorría a toda prisa, sin levantar la mirada, los pocos pasos que la separaban del portal y subía las escaleras a toda velocidad, sabiendo que él ya estaba esperándola dentro, detrás de la puerta, que se abría rápidamente, de modo que ese miedo inicial, en el que, por otra parte, también ardía una llama de impaciencia, se deshacía en el cálido abrazo con el que se saludaban. En cambio luego, cuando tenía que volver a casa, surgía un sentimiento distinto, misterioso y escalofriante, un temor en el que se mezclaban el recelo que provocaba la culpa y la idea obsesiva e irracional de que los desconocidos con los que se cruzaba por la calle sabían de dónde venía con sólo mirarla y, por eso, cada vez que alguien le sonreía se sentía desconcertada, era como si estuvieran burlándose de ella descaradamente. Los últimos minutos que pasaban juntos ya estaban envenenados por la creciente inquietud ante lo que se le venía encima; al marcharse le temblaban las manos por los nervios y las prisas, escuchaba distraída las palabras de él y rechazaba bruscamente las muestras de pasión que había reservado para estos instantes finales; lo único que quería era salir de allí, huir de aquella casa, la de su amante, dejar aquella aventura y regresar al mundo tranquilo, burgués en el que vivía. Apenas se atrevía a mirarse en el espejo por temor a lo que pudiera ver en él; sin embargo, debía comprobar si su vestido estaba en orden, si no había nada fuera de lo común que pudiera delatar el secreto de su apasionado encuentro. Llegaban entonces unas últimas palabras que trataban en vano de tranquilizarla y que ella apenas oía en su excitación, permanecía un segundo detrás de la puerta escuchando con cautela, tratando de saber si alguien subía o bajaba por la escalera. En cualquier caso, afuera aguardaba ya el miedo, impaciente por apoderarse de ella, oprimiéndole y paralizándole el corazón hasta dejarla sin aliento. Había hecho acopio de todas sus fuerzas, pero no había bajado más que unos pocos escalones, cuando notó que su ánimo empezaba a flaquear.
