Miedo

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Irene sacó fuerzas de flaqueza y, obedeciendo a un misterioso impulso, cogió el monedero y sacó los billetes que llevaba encima en ese momento.

—Mire… aquí tiene… Y ahora déjeme… ¡No volveré por aquí jamás…! ¡Se lo juro!

La mujer cogió el dinero con una mirada maliciosa.

—¡Sinvergüenza! —murmuró mientras guardaba los billetes.

Doña Irene se estremeció al oír aquella palabra, cuando vio que la mujer se apartaba de la puerta y le dejaba el paso libre, salió atropelladamente, confusa y sin aliento, como un suicida que se aleja de la torre desde la que ha estado a punto de saltar. Andaba a toda prisa, los rostros de los transeúntes con los que se cruzaba le parecían figuras grotescas, deformes y cuando llegó a la esquina de la calle se le nubló tanto la vista que a duras penas logró detener a un coche. Se precipitó dentro del vehículo y su cuerpo cayó entre los cojines como un objeto inerte; todo su ser se encontraba petrificado, inmóvil, y cuando el conductor asombrado preguntó a la extraña pasajera a dónde iba, Irene se quedó un instante en silencio, con la mirada perdida, hasta que su cerebro aturdido encontró finalmente las palabras.


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