Momentos Estelares De La Humanidad

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ORO Y PERLAS

Ya están seguros. Han visto el mar. Pero ahora tienen que bajar a la costa, sentir el húmedo oleaje, tocarlo, palparlo, probarlo y arrebatar el botín de sus playas. Dos días dura el descenso y, para en el futuro conocer el camino más rápido desde las montañas hasta el mar, Núñez de Balboa divide a sus hombres en varios grupos. La tercera partida, bajo el mando de Alonso Martín, es la que primero alcanza la playa. Y tan imbuidos están hasta los modestos soldados de la vanidad de la gloria, de esa sed de inmortalidad, que incluso ese hombre sencillo, Alonso Martín, manda en seguida que el escribano haga constar por escrito que él ha sido el primero que ha mojado el pie y la mano en esas aguas aún anónimas. Sólo después de haber infundido así una pizca de inmortalidad a su pequeño «yo», comunica a Balboa que ha alcanzado el mar, que con sus propias manos ha tocado sus olas. Sin pérdida de tiempo Balboa prepara un nuevo y teatral gesto. Al día siguiente —el de san Miguel según el calendario—, aparece en la playa, acompañado tan sólo por veintidós de sus compañeros, para, como el santo, armado y ceñido el coselete, tomar posesión del nuevo mar en una solemne ceremonia. No camina de inmediato hacia las olas, sino que, como su dueño y señor, aguarda arrogante, descansando bajo un árbol, a que la marea creciente empuje sus olas hasta él y como un perro sumiso acaricie sus pies con la lengua. Sólo entonces se levanta, se echa a la espalda el escudo, que refulge al sol como un espejo, y, tomando en una mano la espada y en la otra el pendón de Castilla con la imagen de la madre de Dios, avanza hacia el agua. Sólo cuando las olas le llegan hasta las caderas, cuando está por completo metido en esas vastas aguas desconocidas, Núñez de Balboa, hasta entonces un rebelde, un aventurero, ahora un triunfador y el más fiel de los siervos de su rey, agita el estandarte hacia todos los lados y en voz alta exclama: «¡Que vivan los altos y poderosos monarcas don Fernando y doña Juana de Castilla, de León y Aragón, en cuyo nombre y por la Corona Real de Castilla tomo y aprehendo la posesión real y corporal y permanente de todos estos mares y tierras y costas y puertos e islas… Y si algún otro príncipe o capitán, cristiano o infiel o de cualquier ley o secta o condición pretende algún derecho a estas tierras y mares, yo estoy presto y aparejado de se lo contradecir o defender en nombre de los reyes de Castilla presentes o por venir, cuyo es este imperio y señorío de aquellas Indias, islas e tierra firme…, ahora y en todo tiempo en tanto que el mundo dure hasta el universal final juicio de los mortales.»


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