Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Son las nueve de la mañana, pero las tropas aún no han sido reunidas al completo. El suelo, empapado por una lluvia de tres días, dificulta cada movimiento y retarda el avance de la artillería. Sólo poco a poco sale el sol, brillando en medio de un viento cortante. Pero no es el sol de Austerlitz, radiante y de buenos augurios. Esa luz del norte resplandece tristemente con un brillo amarillento. Al fin las tropas están dispuestas y ahora, antes de que comience la batalla, Napoleón cabalga en su yegua blanca a lo largo de todo el frente. Las águilas en los estandartes se inclinan como bajo los efectos de un viento impetuoso. Los jinetes blanden sus sables con aire marcial. Como saludo, los de infantería levantan sus gorros de piel de oso colocados sobre la punta de sus bayonetas. Todos los tambores redoblan en una confusión frenética. Las trompetas lanzan su aguda alegría hacia el general en jefe. Pero sobre todos esos acordes relampagueantes predomina, atronador, el sonoro e impetuoso grito de júbilo surgido de las setenta mil gargantas de los soldados, resonando por encima de los distintos regimientos: «Vive L’Empereur!»
