Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Al mismo tiempo, el mariscal Ney recibe la orden de atacar. Wellington ha de ser abatido antes de que lleguen los prusianos. Frente a unas posibilidades de éxito de pronto tan reducidas, ninguna acción parece ya demasiado audaz. Durante toda la tarde, sobre la llanura se suceden los terribles ataques de una infantería constantemente renovada. Sin cesar asaltan los pueblos destruidos por los cañones. Una y otra vez son rechazados. Y una y otra vez, bajo las ondeantes banderas, la oleada arremete contra los cuadros de una infantería machacada. Pero Wellington sigue resistiendo. Y siguen sin llegar noticias de Grouchy. «¿Dónde está Grouchy? ¿Dónde se ha quedado Grouchy?», murmura nervioso el emperador, cuando ve que poco a poco interviene la vanguardia de los prusianos. También sus comandantes se impacientan. Y decidido a acabar de una vez, el mariscal Ney, tan temerario como Grouchy prudente —tres de los caballos que montaba han muerto ya bajo los disparos—, lanza de un golpe a toda la caballería francesa en un único ataque. Cien mil coraceros y dragones emprenden ese terrible paseo hacia la muerte. Destruyen los cuadros de infantería, derriban a golpes a los cañoneros y vuelan por los aires las primeras filas. Y aunque ellos mismos se ven empujados hacia abajo, la fuerza del ejército inglés se está apagando. El puño que mantiene entre sus garras aquella colina, empieza a aflojarse. Y cuando la diezmada caballería francesa retrocede ante los disparos, la última reserva de Napoleón, la vieja guardia, avanza con paso lento y pesado para tomar al asalto la colina cuya posesión garantiza el destino de Europa.