Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad 1834. Un vapor americano zarpa del puerto de El Havre rumbo a Nueva York. A bordo, uno más entre cientos de desesperados, se encuentra Johann August Suter, natural de Rynenberg, cerca de Basilea, de treinta y un años de edad y con la mayor prisa del mundo porque el océano le separe de los tribunales europeos de justicia. En bancarrota, acusado de robar y de falsificar moneda, ha abandonado a su mujer y a sus tres hijos, se ha procurado algo de dinero en ParÃs con un documento de identidad falso y ahora anda en busca de una nueva vida. El 7 de julio desembarca en Nueva York y durante dos años desempeña allà todos los trabajos habidos y por haber: empaquetador, droguero, dentista, vendedor de productos médicos, tabernero. Finalmente, hasta cierto punto asentado, se establece en una taberna, la vende de nuevo y, siguiendo el mágico tirón de la época, se traslada a Missouri. Allà se hace campesino y en poco tiempo adquiere una pequeña propiedad. PodrÃa vivir tranquilo, pero por delante de su casa pasan constantemente muchas personas comerciantes en pieles, cazadores, aventureros, soldados —que vienen del Oeste o que van hacia el Oeste. Y a sus oÃdos, esa palabra, Oeste, va adquiriendo poco a poco un timbre mágico. En primer lugar, nadie lo ignora, están las estepas, las estepas con sus enormes manadas de bisontes y en las que durante dÃas, durante semanas, no aparece un solo hombre, únicamente los pieles rojas las recorren a galope tendido. Después están las montañas, altas, inaccesibles. Y por fin aquella tierra de la que nadie sabe nada concreto y cuya legendaria riqueza es alabada de continuo. California, aún inexplorada. Una tierra en la que fluyen la leche y la miel, al alcance de todo el que quiera tomarlas. Sólo que esa tierra está lejos, muy lejos, y quien quiera llegar hasta ella pone en peligro su vida.
