Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad ¿El hombre más rico? No. El más pobre, el más digno de compasión, el mendigo más desilusionado del mundo. Ocho dÃas después el secreto ha sido revelado. Una mujer —¡como siempre, una mujer!— se lo ha contado a uno que pasaba por allà y le ha dado un par de pepitas de oro. Y lo que ocurre es inaudito. De inmediato, todos los hombres de Suter dejan el trabajo. Los herreros, la fragua. Los pastores, los rebaños. Los vinateros, las cepas. Los soldados, las armas. Todos parecen poseÃdos, y con los cedazos y las cacerolas que han cogido corren a toda prisa hacia el aserradero, para extraer el oro de la arena. Por la noche toda la región ha quedado abandonada. Las vacas lecheras, a las que nadie ordeña, mugen y revientan. Los bueyes rompen los rediles, pisotean los campos, en los que el cereal se pudre en la hierba. Las queserÃas se paran. Los graneros se vienen abajo. El inmenso engranaje de la gigantesca empresa se paraliza. Los telégrafos difunden la áurea promesa atravesando mares y continentes. Y ya llega la gente. De las ciudades, de los puertos. Los marineros abandonan sus barcos. Los funcionarios del Estado, sus puestos. En largas, interminables columnas, la avalancha, la plaga de humana langosta, de buscadores de oro, viene del Este, del Oeste, a pie, a caballo o en carreta. Una horda desbocada, brutal, que no conoce más ley que la de su puño, ni más dictado que el de su revólver, se desparrama sobre la floreciente colonia. Para ellos nada tiene dueño. Nadie se atreve a enfrentarse a esos criminales. Degüellan las vacas de Suter. Derriban sus graneros, para construir casas. Pisotean sus sembrados. Roban sus máquinas. De la noche a la mañana, Johann August Suter se ha convertido en un pobre mendigo, ahogado, como el rey Midas, en su propio oro.
