Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad TOLSTÓI (excitado): Un cuchillo. De prisa. Un cuchillo o unas tijeras… (El secretario, con una mirada de extrañeza, le alcanza del escritorio unas tijeras para cortar papel. Tolstói, con una precipitación nerviosa, mirando de vez en cuando temeroso hacia la puerta cerrada con llave, se pone a agrandar con las tijeras la raja del gastado sillón. Después, con las manos palpa nervioso el relleno de crin que se sale por el desgarrón, hasta que por fin extrae una carta sellada.) Aquí está… ¿No es cierto? Es ridículo. Ridículo e inverosímil, como en una de esas miserables novelas francesas por entregas… Una ignominia sin fin… Así yo, un hombre con la mente lúcida, en mi propia casa y a los ochenta y tres años, tengo que esconder mis papeles más importantes, porque me lo registran todo, porque se me espía, cada palabra y cada secreto. Ah, qué vergüenza. Qué infierno mi vida en esta casa. Qué mentira. (Se tranquiliza un poco, abre la carta y la lee. Después, dirigiéndose a Sascha:) Hace trece años escribí esta carta, entonces, cuando quise escapar de tu madre y de este infierno de casa. Era la despedida. Una despedida para la que entonces no tuve valor. (La carta cruje entre sus manos temblorosas y él la lee a media voz, para sí mismo.) «No puedo seguir llevando esta vida que llevo desde hace dieciséis años. Una vida en la que, por un lado, lucho contra vosotras y tengo que perturbaros. Así que he decidido hacer lo que hace tiempo debía haber hecho, huir… Si lo hiciera abiertamente, sería muy amargo. Tal vez me sintiera débil y no llevaría a efecto mi decisión, cuando debe ser llevada a cabo. Por tanto, perdonadme, os lo ruego, si el paso que doy os causa dolor. Y, sobre todo, tú, Sonia, déjame salir de tu corazón de buena voluntad, no me busques, no te lamentes por mí, no me condenes.» (Respirando con dificultad.) Ah, hace trece años de eso. Desde hace trece años he seguido atormentándome. Y cada una de las palabras sigue siendo verdad, y mi vida de hoy, igual de cobarde e impotente. Aún, aún no he huido, aún espero y espero, sin saber qué. Siempre lo he sabido todo con claridad y siempre he actuado de modo incorrecto. Siempre fui demasiado débil. Nunca tuve voluntad frente a ella. La carta la escondí aquí, como un escolar oculta un libro obsceno de las miradas del profesor. Y el testamento, en el que entonces le pedía a ella que concediera los beneficios de mi obra a toda la humanidad, lo puse en sus manos, sólo para tener paz en esta casa, en lugar de con mi propia conciencia.