Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Conmovedor espectáculo. En diciembre, el hombre de cabellos grises se encuentra de nuevo en el foro de Roma, para una vez más invitar al pueblo romano a que se muestre digno del honor de sus antepasados, ille mos virtusque maiorum. Con sus catorce FilÃpicas fulmina a Antonio, el usurpador, que ha negado la obediencia al senado y al pueblo, consciente del peligro que supone erigirse sin armas en contra de un dictador que ya ha reunido a sus legiones dispuestas a avanzar y a matar. Pero quien quiere incitar a otros a que sean valerosos sólo resulta convincente si él mismo demuestra de modo ejemplar ese valor. Cicerón sabe que ya no se bate ociosamente con palabras como lo hiciera en otro tiempo en ese mismo foro, sino que, para convencer, esta vez ha de empeñar la vida. Decidido, desde la rostra, la tribuna de los oradores, confiesa: «Cuando era joven defendà ya la república. Ahora que me he hecho viejo, no la dejaré en la estacada. Estoy dispuesto a dar mi vida, sà con mi muerte se puede restablecer la libertad de esta ciudad. Mi único deseo es, al morir, dejar atrás un pueblo de Roma libre. Los dioses inmortales no podrÃan concederme mayor favor.» No queda tiempo, demanda enfático, para negociar con Antonio. Hay que apoyar a Octavio, que, aun siendo pariente de sangre y heredero de César, representa la causa de la república. Ya no se trata de hombres, sino de una causa, la más sagrada —res in extremum est adducta discrimen: de libertate decernitur—. Y la causa ha llegado a la última y más extrema de las decisiones. Se trata de la libertad. Pero donde ese bien inviolable, se ve amenazado, cualquier titubeo resulta perverso. AsÃ, el pacifista Cicerón reclama que los ejércitos de la república se enfrenten a los de la dictadura. Y él que, como más tarde su discÃpulo Erasmo, por encima de todo odia el tumultus, la guerra civil, solicita que se declare el estado de excepción para el paÃs y se dicte el destierro contra el usurpador.