Novela de ajedrez

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Al día siguiente ninguno de nosotros faltó a la hora convenida. Como es lógico, el asiento situado directamente enfrente del maestro se reservó para McConnor, que no paraba de mirar el reloj y descargaba su nerviosismo encendiendo un cigarrillo tras otro. Pero el campeón del mundo se hizo esperar diez minutos largos —actitud previsible teniendo en cuenta lo que de él había contado mi amigo—, lo que por supuesto dio mayor aplomo a su aparición. Se acercó tranquilo y grave a la mesa, y dejando a un lado las presentaciones: «Ya sabéis quién soy, y a mí no me interesa saber quiénes sois», parecía querer comunicarnos con su grosería. Comenzó con las disposiciones preliminares con sequedad de profesional. En vista de que, por falta de suficientes tableros, era imposible llevar a cabo una partida simultánea, propuso que jugáramos todos contra él conjuntamente. Una vez efectuada su jugada, él se retiraría a otra mesa en el otro extremo del salón para no estorbar nuestras deliberaciones. Después de haber movido nosotros, como lamentablemente no disponíamos de campanilla, haríamos resonar una cucharilla dentro de un vaso. El tiempo máximo para cada jugada sería de diez minutos, a menos que quisiéramos nosotros disponerlo de otro modo. Ni que decir tiene que aceptamos tímidos como colegiales todo lo que nos había propuesto. A Czentovic le tocaron las negras. Todavía de pie, movió su pieza inmediatamente después de que lo hiciéramos nosotros, y después se fue rápidamente al rincón que había elegido para esperar, donde, sentado displicentemente en una poltrona, se puso a hojear una revista.


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