Novela de ajedrez
Novela de ajedrez Por la noche, mientras el cura, fumando con fruición su larga pipa, jugaba sus tres partidas de ajedrez habituales con el brigada de la gendarmería, el rubio muchacho permanecía sentado a su lado sin decir palabra, somnoliento y al parecer indiferente, mirando fijamente bajo sus pesados párpados el tablero cuadriculado del ajedrez.
Una noche de invierno, mientras los dos contrincantes se hallaban inmersos en su partida cotidiana, se empezó a oír el tintineo cada vez más cercano de las campanillas de un trineo que venía por la calle del pueblo. Un labriego con la gorra espolvoreada de nieve entró en la habitación a grandes zancadas. Que su madre estaba agonizando, que si el señor cura quería hacer el favor de darse prisa para que pudiesen llegar a tiempo de administrarle la extremaunción. El sacerdote le siguió sin vacilar. El brigada, que todavía no se había acabado su jarra de cerveza, se encendió una pipa de despedida, y se disponía ya a calzarse las pesadas botas cuando reclamó su interés la imperturbable atención con que Mirko seguía mirando la partida inacabada.
—¿Qué, quieres terminarla? —le dijo bromeando, plenamente convencido de que aquel jovenzuelo somnoliento no sería capaz de mover correctamente ni una sola pieza.
